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La Nación10 min de lectura

Estimación de IA · confianza 80%
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El artículo presenta una visión equilibrada de las condiciones para emprender, mencionando tanto los cambios favorables iniciados por el gobierno de Milei como los obstáculos persistentes que enfrentan las empresas. Cita específicamente la caída en el número de empresas y el contexto desigual entre sectores, evitando cualquier crítica o halago extremo a la administración actual.
Desde la llegada de Javier Milei al Gobierno, el mensaje hacia el sector privado cambió de tono: menos Estado, más libertad para hacer negocios y un discurso explícitamente orientado a atraer inversiones. Esa mirada también se tradujo en algunas medidas de desregulación. El RIGI y los cambios en materia laboral apuntaron principalmente a las grandes compañías, pero hubo señales dirigidas a emprendimientos más pequeños, como el relanzamiento de las Sociedades por Acciones Simplificadas (SAS) y la creación de la figura del trabajador independiente con colaboradores.
Las SAS, de hecho, son un buen ejemplo de los cambios en las condiciones para crear una empresa. La figura fue creada en 2017 por la Ley 27.349 de Apoyo al Capital Emprendedor, con la promesa de que un emprendedor pudiera constituir una sociedad de manera digital, rápida y a menor costo que una sociedad anónima tradicional. Durante el gobierno de Alberto Fernández, sin embargo, la Inspección General de Justicia (IGJ) modificó el régimen y frenó su utilización. En abril de 2024, la IGJ volvió a habilitarlas y estableció un procedimiento para constituirlas en un plazo de hasta 72 horas.
El proceso de simplificación continuó en septiembre último, cuando la IGJ derogó 33 artículos de distintas resoluciones y eliminó requisitos que consideró innecesarios para la registración. Entre los cambios se encuentra la eliminación de la precalificación profesional obligatoria, una mayor flexibilidad para definir el objeto social y la posibilidad de contar con una sede electrónica complementaria.
A eso se sumaron otros cambios que impactaron sobre la operación cotidiana de las empresas, como la caída de la inflación y, para determinados sectores, la eliminación de algunas trabas a las importaciones. El nuevo escenario macroeconómico permitió trabajar con mayor previsibilidad en algunos aspectos, aunque no borró otros obstáculos: cuestiones como la caída del consumo y las dificultades para acceder al financiamiento todavía pesan sobre buena parte del entramado productivo.
Pero una cosa es que las condiciones para hacer negocios parezcan haber cambiado y otra es que eso se traduzca en más empresas. Por ahora, los números no muestran ese resultado. Según el Monitor Mensual de Empresas de Fundar, elaborado a partir de datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, en junio de 2026 había 481.015 empresas en el país, 31.342 menos que en noviembre de 2023, el último mes completo antes de la asunción de Javier Milei. Eso representa una caída del 6,1%. Solo en junio -último dato disponible- dejaron de existir 709 empresas y se acumularon 17 meses consecutivos de descenso.
La foto, de todos modos, no es igual para todos. De los 18 sectores analizados por Fundar, nueve crecieron y nueve cayeron en la comparación mensual de junio, mientras que 14 registraron una baja interanual. Servicios administrativos y servicios personales estuvieron entre los que más crecieron, mientras que alojamiento y gastronomía fue el sector más golpeado en ese mes. La pregunta, entonces, no es solo si es más fácil emprender en la Argentina, sino para quién y en qué tipo de actividad: mientras las pymes de sectores tradicionales enfrentan una realidad, el ecosistema de startups tecnológicas se mueve con otras reglas y, además, atraviesa un cambio que no viene de la política local sino de la irrupción de la inteligencia artificial.
Extracto. El contenido pertenece a La Nación.