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Perfil14 min de lectura
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Hay un libro de Miguel Bonasso que permite pensar una de las grandes tensiones de la política argentina: El palacio y la calle, la crónica de la crisis de diciembre de 2001. Es interesante cómo el título del libro remite a la combinación de dinámicas entre ambos espacios, el del reclamo popular y el de la toma de decisiones. El contraste con aquel momento es claro. Milei mismo representó un “que se vayan todos” electoral, sintetizado en su consigna contra la casta. Sin embargo, sus políticas de ajuste se parecen a las que generaron el estallido del 2001.
Es como un “gemelo invertido” del 2001. Entonces, la conflictividad social convivía con una dirigencia política en crisis terminal y una economía bajo presión. La Argentina de Milei no es la de Fernando de la Rúa, ni la protesta universitaria, que viene siendo vanguardia de la oposición callejera al Gobierno, anuncia por sí misma una crisis terminal. Lo que sí podemos observar es una combinación paradójica de desgaste social, fragilidad institucional y dificultades de la oposición para construir una alternativa. En ese escenario, Milei parece beneficiarse tanto de la fragmentación de sus adversarios como de una cuota de suerte política. Ni el palacio ni la calle todavía lo desbordan.
Cuando las circunstancias podrían empezar a volverse en su contra, algo ocurre —una mejora relativa del humor social, una coyuntura internacional favorable, una oposición que no logra coordinarse— que le permite ganar tiempo y evitar que los conflictos converjan en una crisis general. La pregunta es cuánto puede durar esa suerte y qué sucederá cuando el palacio y la calle vuelvan a acercarse.
La quinta Marcha Federal Universitaria y el fracaso de la sesión en Diputados para tratar la derogación del DNU 70/2023 sobre tierras dejaron una fotografía de la política argentina que conviene observar sin exageraciones. Por un lado, una movilización multitudinaria, capaz de reunir a estudiantes, docentes, rectores, sindicatos y sectores sociales que tienen motivos distintos para cuestionar al Gobierno. Por el otro, una oposición parlamentaria que no consiguió reunir los 129 diputados necesarios para abrir el debate sobre un decreto que quería derogar.
Entre ambas escenas aparece una paradoja: hay descontento, hay desgaste y hay conflictos que se acumulan, pero todavía no se configura una fuerza política capaz de transformar esa disconformidad en una amenaza para la continuidad del proyecto de Javier Milei. La calle muestra que existen límites sociales a sus políticas; el Congreso, que esos límites todavía no se convierten en una mayoría alternativa.
La movilización universitaria tuvo una dimensión que excede largamente la discusión presupuestaria. La defensa de la educación pública funcionó como un punto de encuentro para reclamos vinculados con la discapacidad, las jubilaciones, el endeudamiento de los hogares, la ciencia, la salud y la soberanía nacional. Esa capacidad de reunir demandas diferentes es políticamente relevante: demuestra que el malestar no está encapsulado en un único sector ni depende exclusivamente de las organizaciones partidarias.
Extracto. El contenido pertenece a Perfil.

Política · Derecha Diario